Parece mentira
Ella sabía lo que iba a responderle nada más hacer la pregunta. Se
conocían demasiado bien, peligrosamente bien, tanto que tratar
de engañar al otro suponía engañarse a uno mismo. De vez en
cuando pasaban estas cosas, alguno de los dos entendía mal lo que
decía el otro, y entonces el otro no entendía como podía ponerse
así. Eso pasó la vez que pasó lo que no tenía que haber pasado. Pero
llega un momento en el que ya ninguno sabe sobre que están discutiendo,
entonces él la besó y le hizo callar, ella se calló y le besó, y para ambos
fue como volver a volver a vivir el primer beso, aunque en ese momento el
reloj marcaba las ocho, y no las doce y pico, como aquella noche en la que
salió el sol, al menos para dos personas.
Luego lo de siempre, se miraban y se decían lo que no es traducible, casi
no hacían falta palabras, los dos sabían que los dos eran unos tontos, pero
que enamorarse no es ninguna tontería, y el asunto se olvidaba, como
mucho harían un par de bromas a lo largo de la tarde, ó poco más.
El otro día fue diferente, pero lo peor vino algo más tarde, cuando ya las
vacaciones se acababan y ellos todavía se resignaban a volver del infinito.
Lo que tienen las heridas es que dejan cicatrices, testigos de lo que fue, que
duelen algo más que el propio golpe, y aquel último día de semana santa
ellos se arrepentían de lamentarse y se lamentaban de arrepentirse, porque
descubrieron que no sólo no se puede volver atrás, sino que nunca se puede
saber cómo habría sido todo. Ocurrió antes de ayer, ó quizá antes. Tampoco
importa mucho porque no se disolvió con el paso del tiempo. De todos
modos el peso compartido se hace más ligero, y quien mejor para compartir
que aquellos que entendían la vida como la suma de dos mitades, es decir,
de cada uno de ellos.
Ya a eso de las cinco del domingo se echaron en su parque, echándose de menos de antemano ante la vuelta irremediable de la rutina y del castigo de no poder estar juntos. No es que se quisieran, sino que siempre se querían más que el día anterior y menos que el que venía, y esa es la razón por la cual su amor no se detuvo aun habiendo tenido que
pasar por eso. Se abrazaron fuerte fuerte, que no podían ni respirar casi, y se perdonaron, aunque no hubiera nada que perdonar ó por el contrario fuera imperdonable ,daba lo mismo.
Dirigiéndose hacia el autobús sellaron definitivamente las paces, en forma de un beso espontáneo en medio del paso de cebra, que hizo que estuviesen a punto de atropellarles, del que eran dueños y esclavos al mismo tiempo. Yo les vi desde lejos y creo que lo último que se dijeron aquel día fue que parecía mentira.





hada-sonriente dijo
Hermoso relato, emocionante hasta las lagrimas...recordar el instante de lo eterno, como el ultimo beso, la ultima mirada.
besos y te espero cuando gustes por mi casa de hadas.
23 Abril 2007 | 08:00 PM